Mañanas caóticas

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Seis de la mañana, suena el despertador, lo apago. Cinco minutos más tarde vuelve a sonar el despertador y lo vuelvo a apagar. El ritual continúa durante veinte minutos más, hasta que sobresaltada por lo tarde que se me hizo salto de la cama y comienzo con mi pequeño caos matinal.

Voy a la cocina, coloco las tazas con leche para los pequeños en el microondas y enciendo la cafetera. A continuación despierto a los nenes con una versión acelerada de “ALevantarseDijoLaRanaMientrasCantabaPorLaVentana” y besito por acá, abrazo por allá…

En este punto, todos los días me enfrento a la misma encrucijada:

¿los nenes se deben vestir antes o después del desayuno? y, ¿debo dejarlos vestirse solitos, para fomentar su autonomía o los ayudo un poco para que no se haga tan tarde?

Estas dos preguntas se relacionan: mientras más dormidos están, es más fácil vestir a los pequeños (y al tacho su autonomía). Claro que seguramente después se van a volcar la leche chocolatada sobre su pantalón o van a apoyar el codo sobre la tostada con mermelada y, siempre y cuando la mancha lo amerite, hay que volver a cambiarles la ropa mientras el reloj sigue avanzando.

Por otro lado, si primero desayunan con el pijama y después se cambian aparecen otros conflictos que inevitablemente nos hacen perder tiempo y paciencia:”¡yo puedo!, ¡yo no puedo sola!, ¡esta bombacha (braga) no me gusta!, ¡no encuentro el pantalón!, etc“.

Todas las mañanas elijo uno de los dos caminos y diez minutos más tarde, en medio del caos, me pregunto por qué no elegí el otro.

Mientras los nenes desayunan voy a despertar por enésima vez a mi marido, plancho una camisa y reviso el cuaderno de comunicaciones de los nenes. ¡En ese mismo instante me entero que mi hijo tiene que llevar materiales para la clase de arte!. Pongo el pan en la tostadora y mientras se van haciendo las tostadas busco por todos los rincones de la casa si de casualidad tengo algo de la lista interminable de materiales que necesita llevar mi hijo al jardín.

Los nenes terminan de desayunar en el mismo momento que mi marido, aún medio dormido, se desplaza de nuestra habitación al baño. Mientras él se ducha en paz, yo intento peinar a mi hija. Ahhh, ¡que lindo es tener una nena! Mínimo son diez minutos de lucha entre peine, colitas de pelo y  llanto, para que al final me queden unas trenzas todas torcidas que seguramente a la salida del jardín ni existan.

Preparar la vianda, controlar las mochilas, poner camperas, y claro vestirme y arreglarme en los últimos cinco segundos y a las corridas para no llegar tarde al jardín, todo eso también forma parte de mis mañanas caóticas.

Hay veces que me pregunto si todo este estrés matinal es realmente necesario. ¿Por qué correr de un lado a otro? Vestirse, desayunar, arreglarse, vivir en una constante carrera de postas, donde no se puede perder ni un segundo.

¿Realmente quiero transmitirle esto a mis hijos?

Es muy difícil salir de este comportamiento enfermizo, porque ya estamos muy acostumbrados a vivir así, pero por el bien de los nuestros hijos creo que es necesario sacar el pie del acelerador y disfrutar. Disfrutar de despertar a los pequeños dulcemente, con alguna canción y muchos mimos y besos. Disfrutar del desayuno en familia. Disfrutar de verlos lograr cada día cosas nuevas como ponerse las medias, abrocharse la campera, lavarse la cara, preparar la mochila, etc.

Creo que una posible solución para evitar todo este estrés matinal es nuestra organización y mucha paciencia. Preparar la noche anterior ciertas cosas como la ropa y las mochilas, respirar profundo cuando surja algún imprevisto que nos demore y, sobre todo, tener mucha paciencia con los pequeños cuando quieran hacer algo ellos solitos.

Al fin de cuentas, nuestros hijos están aprendiendo a ser ellos mismos a partir de nuestro reflejo. En el día a día, nuestras acciones son las que ellos van a tomar como ejemplo y disfrutar del momento es una buena lección para enseñar.

¿Vos también vivís mañanas caóticas, o lograste relajar un poco? Contanos, tu opinión nos interesa.

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