Nómadas

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La globalización no es sólo un fenómeno que involucra al mundo empresarial, sino que cada vez tiene mayor implicancia en el seno familiar. Un hermano en España, una  hermana en Australia, una tía en Chile, un primo en Italia, el padrino en Estados Unidos, en muchas familias hay UN en ALGÚN lugar. Las crisis que van y vienen, o tan solo el deseo de vivir nuevas experiencias nos impulsan a ser nómadas. Viajar de una ciudad a otra o incluso, de un país a otro, en búsqueda de mejores oportunidades laborales, de una mejor calidad de vida o de nuevas experiencias.

Pero si algo nos diferencia de aquellos pueblos nómadas prehistóricos es que vivimos en un mundo globalizado e hiper conectado. Vivir en Alemania y escuchar vía internet la radio argentina, comprar comida mexicana en el supermercado de Finlandia o ir a clases de salsa en Japón, son algunas de las cosas que nos facilitan la vida nómada. Sin contar con Skype, Facebook, Twitter, Blogs, WhatsApp, BBN, Line, etc. que nos permiten mantener un contacto diario con familiares y amigos. Así la vida lejos de los afectos es más fácil, nos sentimos más cerca de aquellos que dejamos en la distancia pero llevamos en el corazón.

Ser nómadas también es un desafío constante, implica hacer nuevas amistades, aprender otros idiomas, descubrir otras costumbres y respetar otras culturas. En cierta forma nos abre la cabeza y nos permite ver y experimentar más allá de nuestra burbuja original.

¿Pero qué pasa cuando en nuestra mochila de nómadas llevamos a nuestros hijos?

Alejarlos de la familia, de sus amigos, de sus rutinas y costumbres, y hasta incluso cambiarles el idioma. Adaptación tras adaptación: a una nueva casa, un nuevo entorno, a un nuevo mundo. Es bien sabido, o eso creemos, que mientras más pequeños sean los niños más fácilmente se adaptarán. Pero, ¿hasta que punto sienten este cambio y lo sufren?. Es duro al principio, más cuando todavía no nos hemos adaptado nosotros, pero de un día para otro notamos como nuestros pequeños empiezan a utilizar otras palabras, o simplemente juegan diferente. Ya hacen nuevos amigos, se mimetizan con este nuevo lugar y se apoderan de las nuevas costumbres. Ahora ellos nos obligan a adaptarnos a nosotros.

Que en esta vida nómada nuestros hijos mantenga ese contacto con su origen va a depender exclusivamente de nosotros. De cuanto le hablemos de su lugar de nacimiento y como lo hagamos relacionarse, en la distancia, con la familia que quedó atrás.

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¿Te gustaría vivir esta experiancia? ¿Tenés miedos? ¿Ya has pasado por esto? Contanos tu historia, así entre todas nos podemos ayudar.

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