Rumbo a Alemania

Share on FacebookTweet about this on TwitterPin on PinterestShare on Google+

Todo comenzó en el 2013, una noche del mes de abril Martín llegó del trabajo con una pregunta. Había estado hablando con su jefe,  éste le comentó que dada la situación en Argentina no iban a tener ascensos internos durante un par de años. Además le contó que estaban abiertas dos posiciones relacionadas con el perfil profesional de él en el extranjero y que si estaba interesado se podía postular internamente.

Así que cuando llegó a casa, después de un agotador viaje de una hora y media en transporte público argentino desde capital a zona sur (¡los que han viajado saben a que me refiero!) su pregunta fue: ¿Atlanta o Frankfurt?. No había otra pregunta posible y tampoco otra respuesta más que Frankfurt.

Martín sabía que yo lo iba a seguir, como me siguió él a mi diez años antes, cuando nos fuimos a vivir a España, a la bella Santiago de Compostela. Pero ahora las cosas eran diferentes, ahora teníamos dos hijos pequeños, dos perros (uno expatriado desde España) y una casa (con una cocina recién reformada!). Mi respuesta fue Frankfurt, y lo dije sin dudar pero muerta de miedo por lo que implicaba.

Hacia dos años que había reorientado mi vida profesional, cambiando los laboratorios de investigación por la docencia. Estaba feliz, me encantaba el contacto con mis alumnos y poder transmitirles mi pasión por la ciencia. En solo dos años ya tenía mi lugar y muchos proyectos a futuro. Pero mi respuesta fue Frankfurt, sin vacilar, sabiendo todo lo que dejaría atrás.

Lo que más me asustaba frente a esta posibilidad de expatriarnos era mi abuela (mi abuelo ya había fallecido). Estaba segura que no iba a poder resistir esta noticia y se me partía el corazón de solo pensar en ello. Mi abuela siempre fue un pilar fundamental en mi vida, alegre, dulce, compañera. Tardes de mi infancia jugando en la puerta de su casa junto a mi hermana y nuestras amigas (claro, después de tomar la leche), veranos en la costa atlántica argentina, disfrutando de la playa y el mar, cumpleaños compartidos (yo nací al otro día de su cumpleaños, como un regalo de mi mamá para ella). En fin, mi abuela ya no estaba muy bien, había sufrido un ACV y, si bien se había recuperado, ya no era la misma que antes. Todas las tardes iba con mis hijos a tomar mate a su casa, no me lo perdía por nada. Era mi ratito para estar con ella Sabía que para mi abuela las tardes eran el momento más feliz del día, estar con sus bisnietos, jugar con ellos y también pelearse un poco. La volvía a ver sonreír, la volvía a ver feliz. Pero mi respuesta igual fue Frankfurt.

Es por eso que frente a ésta nueva posibilidad laboral de Martín, decidimos no contarle a nadie hasta no estar completamente seguros. Primero para no angustiar a la familia con la noticia y segundo porque había un montón de obstáculos a superar (entrevistas, visa, etc.).

Así continuó nuestra rutina, trabajo, jardín, familia, amigos. Cada tanto Martín me contaba que había tenido una entrevista o hablado con tal o cuál. Frankfurt seguía avanzando y nosotros seguíamos expectantes.

En junio mi abuela falleció, justo el día anterior al de su cumpleaños y dos días antes de nuestro festejo compartido. Ese día supe que lo de Frankfurt iba a salir. Esa era la única explicación que le encontraba a todo. Mi abuela como siempre se adelantó y para evitarme el dolor de tener que decirle que nos íbamos, nos dejo ella primero. Tal  vez es un poco egoísta pensar así, pero en lo que siento en mi corazón.

Nuestra rutina volvió a encausarse, pero ahora las tardes de mate eran en la casa de mi mamá. Los días, semanas y meses fueron pasando hasta que a finales de diciembre le confirmaron a Martín el puesto en Alemania, para empezar en febrero!

Y así fue como de un día para otro, mi vida dio un giro de 180 grados. En realidad no es que no lo esperaba o no estaba preparada para ello, es que el condicional se volvió presente y futuro y con la certeza del viaje comenzaron a surgir mis dudas. Entre todos lo fuimos resolviendo y la transición no fue tan dura como me la imaginaba. La familia como siempre nos apoyó y acompañó.

Otra mudanza, otra vez clasificar, empaquetar, tirar, regalar, vender. La casa se fue vaciando, las reuniones y encuentros cobraron sabor a despedida. Mi futuro profesional, armadito y enmoñado se transformó en una gran incertidumbre, mis logros quedaron archivados en una  hermosa caja de cartón guardada en algún armario en Argentina. Ya no había vuelta atrás.

Martín viajó en enero, con los nenes lo seguiríamos en abril.

Así llegue a Alemania, con tres valijas repletas de juguetes y cuentos en castellano, dos hijos, y tres bolsos de mano, también repletos de juguetes (tengo una terrible habilidad para viajar muy incomoda!). Así pase a pelearme con la rutina de ser madre las 24 horas del día, en un pueblecito en medio del campo, a quince minutos de Frankfurt.

WP_20140405_004

DESDE LA DISTANCIA, puedo decir que soy feliz. Que mis hijos son felices. Que si, extrañamos, pero que estamos bien.

Y sobre mi vida en Sulzbach, eso lo dejo para la próxima.

WP_20140518_073

 divisoria-roja


Un comentario sobre “Rumbo a Alemania

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *