Yo, la más fuerte

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Me faltaban dos semanas para la fecha de parto y me sentía bastante bien. Ya había comenzado con la licencia en el trabajo y aproveché esos días para realizar algunos trámites que me habían quedado pendientes. Recuerdo que era un miércoles caluroso, la ciudad estaba caótica, gente y tránsito por todos lados, y yo, de acá para allá caminando por las calles con mi panza de 38 semanas y los pies hinchados, recorriendo capital. Claro que ese día no paso nada, es más, ni siquiera pasó nada al día siguiente, solo un par de contracciones, o eso creía yo ya que durante todo el embarazo no tuve ni una sola.

El viernes ya estaba muy cansada y las contracciones habían seguido durante todo aquel día. Con mi esposo íbamos a ir a cenar a la casa de mis suegros. Como nosotros habíamos decidido no comunicarle a nadie el momento del parto, hasta ya después de nacido el bebe, inventamos una palabra clave por si nos teníamos que ir de urgencia de la cena (pensándolo ahora, 5 años después, ¡que plan más tonto! ¿cómo se suponía que les íbamos a explicar a mis suegros que nos marchábamos repentinamente, pero que no pasaba nada?). Por suerte no fue necesaria la palabra clave, pero a partir de lo que ocurrió a continuación, tengo fama de exagerada.

Mi primer embarazo, las primeras contracciones, en fecha de parto, ¿porqué yo debería de saber cómo es una contracción de parto si nunca la había experimentado? Claro que había hecho el curso pre-parto, es más, tenía todo perfectamente apuntadito en mi agenda: «Contracciones de parto: contracciones con dolor, cada menos de 5 minutos«.

Bueno, la noche continuó más o menos así…Llegamos a casa. Yo ya un poco más nerviosa porque no había parado de tener contracciones en toda la noche, aunque sin dolor. Le comento a mi esposo y sin que me preste demasiada atención nos fuimos a la cama. En aquel entonces dormía medio sentada, rodeada de almohadones (almohadón en la panza, almohadón en la cintura, almohadón en los pies) y bajo la sábana había colocado un plástico negro, por si rompía bolsa, (¡que sabía yo qué era romper bolsa y lo que pasaba!) así que cada vez que me movía hacia un ruido espantoso. Claro que para esa altura me costaba mucho dormir, y más aquel día que las contracciones no cesaban y además ya eran dolorosas. Empece a cronometrar el tiempo entre contracciones: cada seis minutos. Esto ya se estaba poniendo serio, me levanté de la cama, fui al baño y me di una ducha calentita para relajarme (como me habían indicado en el curso pre-parto), luego me dirigí a la cocina para prepararme una leche tibia con unas galletas de chocolate (¡uff, ahora que lo escribo me doy cuenta que galletas de chocolate no fue la mejor elección para relajarme!). Después de desayunar a la 01:00 de la mañana me volví a acostar. Milagrosamente y entre sus ronquidos mi esposo me pregunta si estaba todo bien. ¿Estaba todo bien? ¡Cómo saber si estaba todo bien!, las contracciones seguían. Volví a cronometrarlas, esta vez las tenía cada cuatro minutos y con dolor. ¿Pero qué es el dolor? algo muy subjetivo y particular. Acaso, ¿aquellas eran contracciones de parto?. Me dolían, pero no me estaban matando. Tal vez todas las otras mujeres eran unas exageradas y esto de las contracciones de parto no era para tanto, tal vez yo era super resistente al dolor. Desperté a mi esposo y le conté lo que pasaba. Volvimos a tomar el tiempo entre contracciones: cada tres minutos!. Todo indicaba que ya era la hora. A las 2:00 de la mañana llamamos a un remis (taxi) y nos fuimos con todos los bolsos a la clínica.

En la clínica nos atendió una partera amorosa, me reviso y muy dulcemente me dijo: «Mami, estas no son contracciones de parto. Andate a casa y trata de dormir«. Y así hicimos, llamamos a un remis y nos volvimos con todos los bolsos para casa.

Dormir no dormí, solo dormité un poco. Las contracciones seguían y empezaban a ser más dolorosas. A las 05:00 de la mañana ya estaba muy molesta así que me levanté de la cama… nuevamente… me duché con agua calentita, me tomé una leche tibia con galletas y me volví a acostar. El dolor continuaba y aumentaba, el tiempo entre contracciones era escaso. Por segunda vez en la noche desperté a mi esposo y le conté lo que pasaba, pero claro, mi reputación ya estaba por el piso.

Conclusión: estuvimos en casa hasta las 6:30, luego llamamos a un remis y nuevamente nos fuimos con todos los bolsos para la clínica. Casualidades de la vida, nos volvió a tocar el mismo remisero que nos había llevado 4 horas antes a la clínica y nos volvió a atender lo misma dulce y amorosa partera. Esta vez las contracciones eran fuertes, pero no tenía nada de dilatación así que nos mandó a caminar. Y allí nos fuimos con mi esposo a caminar por las calles de Banfield, pasito a pasito, nos cruzamos con varios adolescentes que volvían de bailar y algún que otro señor madrugador que salió a comprar el periódico o a pasear al perro. Por momentos debía detenerme para soportar el dolor de las contracciones y nuevamente… pasito a pasito. Así estuvimos hasta las 08:00 de la mañana, hora que regresamos a la clínica.

Como primeriza estaba nerviosa y expectante por lo que se vendría,  seguía sin dilatación pero con contracciones de parto. Cuando hicieron el monitoreo, escucharon algo mal en los latidos del bebe y además, ¡no encontraban la placenta!. Así que enseguida llamaron a mi obstetra y me realizó una cesárea de urgencia. Recuerdo estar en la camilla del quirófano, soportando esas dolorosas contracciones de parto, pidiendo que por favor cesaran. Al final de todo, yo no era tan valiente ni fuerte como me creía, y al igual que la mayoría de las mujeres me sentí inmensamente feliz cuando por fin me pusieron la anestesia!.

Claro, además nació Facundo en perfecto estado de salud y me llena la vida de felicidad desde hace 5 años!

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